Diario La Realidad Saharaui/DLRS, domingo 1 de
marzo 2020
ARTICULO DE OPINIÓN
Silenciada, enterrada, explosiva, de la escritora
y periodista Rosa Montero
El País publica este domingo 1 de marzo un artículo
de la periodista y escritora Rosa Montero sobre las consecuencias de las minas
antipersona que Marruecos sembró a lo largo de los 16 años de guerra que
libraron los saharauis contra su ocupación a partes de los territorios del
Sahara Occidental. La escritora que colabora con el Pais inicia su texto
señalando, “El objetivo es conseguir en 2025 un mundo sin minas antipersona
(una meta que Trump ha puesto muy difícil)”
Escribe Montero: ME PARECE QUE no le hemos
prestado suficiente atención a una noticia verdaderamente atroz: el insufrible
Trump acaba de decir que Estados Unidos volverá a usar minas antipersona.
Verán, estas minas son un invento de una perversidad espeluznante; poseen cargas
explosivas muy pequeñas porque su fin no es matar, sino mutilar, reventar
vientres o arrancar piernas y brazos, para debilitar al oponente obligándolo a
cuidar y cargar con sus heridos. Son unos artefactos crueles que se ceban en la
población civil. Por eso, cuando en 1997 se celebró la Convención de Ottawa
para prohibir el uso de estas minas, la humanidad dio un paso de gigante.
Salirse del acuerdo, como ha hecho Trump, es una infamia.
Pero ya que hablo de minas y de
indecencia política, quiero hablar de los saharauis. Sí, de
ese pueblo al que los españoles traicionamos y vendimos como ovejas a los
marroquíes hace 45 años. Sí, esos mismos saharauis que tienen la
justicia y los acuerdos de la ONU a su favor, pero que ni aun así consiguen
recuperar su tierra. De hecho, cada día nos olvidamos un poco más de ellos.
Y las minas son un perfecto ejemplo de ese
olvido. Según el Landmine Monitor, el Sáhara Occidental está entre los países
más invadidos de minas del planeta. Podría ser el más contaminado de los
territorios habitados. Y el muro que divide en dos el Sáhara Occidental (a un
lado los saharauis, al otro la zona ocupada por Marruecos) es el campo minado
más largo del mundo. Se calcula que en la zona hay entre 7 y 10 millones de
minas, colocadas durante la guerra por ambas partes del conflicto. La ONU y el
Frente Polisario, que lidera la causa saharaui, han pedido repetidas veces a
Marruecos mapas de localización de sus explosivos, sin ningún resultado. El
desminado es caro, peligroso y difícil; las lluvias mueven las bombas en la
arena, lo que complica aún más su localización. Por cierto que hay un grupo de
aguerridas mujeres saharauis, las SMAWT (Sahrawi Mine Action Women Team, equipo
saharaui de mujeres en acción contra las minas), que se dedican a esta
arriesgadísima labor de cazadoras y neutralizadoras de explosivos.
El Frente Polisario, que acata la convención de
Ottawa y la de Oslo (contra las bombas racimo), ha hecho un enorme esfuerzo
por limpiar sus artefactos explosivos y ha destruido todo su arsenal de minas
antipersona (20.493 unidades) y de municiones en racimo (24.107). Marruecos,
mientras tanto, sigue sin sumarse a Ottawa ni a Oslo. Para peor, sucede que
tras el precario acuerdo de paz de 1991 entre Marruecos y el Polisario se creó
una franja de exclusión de cinco kilómetros de ancho al este del muro, en donde
no pueden entrar ni personal ni equipo militar, pero sí civiles.
Esta zona, que ofrece reservas de agua porque
se forman balsas al cortar el muro el cauce de los ríos, es atravesada todo el
tiempo por los pastores nómadas y sus ganados, y ahí es donde están la mayoría
de las minas. Entre 2014 y 2019 ha habido 186 víctimas; una de ellas estuvo 10
horas desangrándose ante la mirada impotente de los soldados, que no podían
entrar a la zona de exclusión a rescatarlo (al fin lo sacaron civiles y hubo
que cortarle la pierna). Además, cada vez hay más animales heridos o muertos
por las explosiones, lo cual arruina la vida de los pastores.
Y siendo todo esto horrible, lo peor es que
esta situación catastrófica que acabo de contar no existe oficialmente. Aunque
ya hemos dicho que el Sáhara Occidental puede ser el territorio habitado más
contaminado por minas antipersona de todo el planeta, no está en el foco de
zonas a limpiar por la Convención de Ottawa, dado que no tiene estatus de país
independiente.
Aún más, no dejan intervenir de forma oficial a
los delegados saharauis en las conferencias antiminas. Ottawa se ha puesto como
objetivo conseguir en 2025 un mundo sin minas antipersona (una meta que Trump
ha puesto muy difícil), y yo me pregunto cómo se atreven siquiera a plantear
semejante logro si no tienen en cuenta los millones de letales artefactos que
riegan el Sáhara. He aquí una buena metáfora de la causa saharaui: es una
injusticia indecentemente silenciada, enterrada, explosiva.

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